La comunicación humana

La naturaleza de la comunicación humana

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Tienes hora?, pregunta uno; las diez y media, responde ella. Visto así, cualquiera dirá que se trata de un ejemplo de comunicación humana tan habitual como simple, un diálogo elemental y claro. Pero quizá no sea tan sencillo como parece. Veamos una variación del diálogo, ahora con un final expeditivo. Tienes hora?, pregunta otro; vete a ligar con tu hermana, capullo, le responde ella. Parece un caso muy distinto, pero es el mismo.

En ambos casos, la pregunta es la misma, y sin embargo la respuesta es distinta. Por qué? Qué ha ocurrido? Parece sencillo: ella entendió que ese uno le pedía sencillamente la hora, mientras que por lo visto el otro intentaba ligar, y pedir la hora era solo un pretexto, una estrategia rudimentaria. Caso resuelto, pues. No, ni mucho menos. ¿Cómo reaccionará ese otro tras el revés de ella? Oye, chica, no te pongas así, perdona, yo sólo quería saber la hora; o bien: ¿Pero tú qué te crees? Yo te pedí la hora, nada más. Quien lleva razón? No lo sabemos, ni es la cuestión que nos interesa. Así funciona la comunicación humana, por su naturaleza interpretativa, por su propensión al malentendido, porque el sentido es un negocio a medias entre el que habla (qué vete a saber qué quiere decir) y el que escucha (que a veces solo escucha lo que quiere oír).

Lo primero que debemos destacar, pues, es que la comunicación humana es un asunto entre dos, que el sentido de las palabras depende tanto del que habla como del que escucha, y que si bien en algunos casos tanto el que habla como el que escucha otorgan un sentido idéntico o parecido a lo dicho, y nos entendemos, en otros casos discutimos y nos peleamos, no por lo dicho —las palabras— sino por lo que uno da a entender o el otro entiende que da a entender, y entonces hablamos, por ejemplo, de insinuaciones, indirectas, ironías o malentendidos, que quizá no lo son. O quizás sí. Más allá de lo dicho, repito, el sentido es un negocio entre dos: el que habla, que dice lo que dice pero que puede dar a entender algo que no dice, y el que escucha, que interpreta qué hay más allá de lo dicho, si es que hay algo.

Volvamos al ejemplo de antes. Parece claro que en un caso ella entiende que sólo le pide la hora mientras que en el otro interpreta que pretende algo más, ligar, y que en este segundo caso el que pregunta puede negar con más o menos vehemencia tal pretensión o intención. Pero también podría ser que en el primer caso ella haya advertido que lo de pedir la hora es un simple recurso, que su intención es palmaria y no es horaria —mira el tonto este, que manera más triste de ligar—, pero ella decide no darse por aludida, hacerse la tonta y responder de manera banal, las diez y media, con lo que desarma al infeliz. Y del mismo modo, en el segundo caso podría suceder que el que pregunta sólo pretende saber qué hora es, pero ella, engreída, entiende o quiere entender que la intención es otra. La discusión podría no tener final porque la intención resulta en último extremo inaccesible, o lo que es lo mismo, no disentimos sobre lo dicho, las palabras, que salvo error o sordera no admiten discusión, sino sobre lo que damos a entender con lo dicho: el sentido, la intención, que están sujetos a interpretación, de modo que donde alguien no ve más que una inocente pregunta, otro advierte una oculta intención.

Salvo interferencia o ruido, o afecciones de garganta, nariz u oído, cuando hablamos, las palabras son las que son, puede haber dudas pero es algo que no está sujeto a interpretación, o hemos dicho qué hora tienes o bien qué cara tienes, pero esto es un problema menor, ocasional; en cambio, lo que damos a entender, lo que sugerimos, lo que insinuamos, la intención con que decimos lo que decimos, todo esto es de una naturaleza muy distinta, mucho más confuso, y sólo se puede resolver mediante interpretación, y en la medida que lo que decimos sin decir debe ser interpretado por cada sujeto de la conversación, la discrepancia, la discusión y el conflicto no sólo son razonables sino que a menudo son inevitables, más cuanto más grave o delicado sea el asunto, cuanto más sensibles sean los sujetos, cuanto más directos sean sus intereses: ¡Huy, chica, que bien te queda este color butano! Como ella advierta que es guasa, ay, la cosa puede acabar tirándose de los pelos. Manolo, tu me engañas? Y Manolo, que es lento de reflejos, calla. Y su silencio, tan elocuente, delator, es roto a los dos segundos exactos por un sonoro bofetón. Quien calla, otorga, dice el viejo refrán.

Cuando conversamos, no hablamos solo con palabras, también hablamos con la mirada, con los gestos, con los titubeos, con el tono… La comunicación humana no es sólo una cuestión verbal, de la lengua, sino que es también o sobre todo el resultado de todos esos elementos prosódicos —entonación—, paralingüísticos —suspiros, sonrisas, risas, gemidos— y no verbales —gestos, miradas, muecas, posturas— que determinan a fin de cuentas el sentido de las palabras. Y lo determinan hasta tal punto que en caso de contradicción el canal paraverbal o no verbal se impone a las palabras: si la voz dice que sí, pero la mirada dice que no, está claro que no dice que sí, dice que no, aunque diga que sí. Nadie duda ni se equivoca en interpretar casos así.

Y mediante este elemental ejemplo de oposición entre lo que dictan las palabras (sí) y lo que dice eso que llamamos lenguaje no verbal (no), se adivina ya el problema capital de la información. Si alguien me pregunta, ¿qué ha dicho? ¿Qué respondo? La situación me permitiría decir que ha dicho que sí, ¿verdad?, porque ha dicho que sí, ¿no? Pero estaría engañando, sin lugar a dudad. Esta es la trampa habitual del objetivismo: con la coartada del dato cierto dar a entender algo que o no es cierto o es abiertamente falso. Podría decir que no, pero debería explicarlo: es cierto que ha dicho que sí, pero por el tono, por la situación, por los gestos…, entiendo que ese sí se parece más bien a un no. Una cosa es qué palabras hemos dicho (y en eso estaremos absolutamente de acuerdo), y otra cosa es qué sentido tienen esas palabras, qué intención tenía al decirlas quien las dice. Y si en un caso tan simple como el relatado, resulta que puedo decir que alguien ha dicho que sí o que ha dicho lo contrario, no,  entonces es que tenemos un problema porque fácilmente cualquiera nos puede engañar con datos que son ciertos.

Reducida a la sola voz de las palabras, la comunicación humana resulta pobre, deficiente, e incluso engañosa. Por eso, cuando el 23 de septiembre de 2009, en un juicio en la Audiencia Nacional contra nueve supuestos miembros de Al Qaeda, Fátima Hassisni, una mujer musulmana hermana de un tipo que se inmoló en un atentado suicida en Irak, compareció como testigo ante el juez Javier Gómez Bermúdez oculta tras un burka, el juez la exhortó a quitarse la prenda y mostrar su rostro para que el tribunal pudiera no sólo escuchar su testimonio sino interpretar adecuadamente sus palabras: “Viendo su rostro —le dijo el juez, que en 2007 presidió el juicio del 11-M— yo puedo comprobar si miente o no, si alguna pregunta le sorprende o no”. Ver el rostro de la testigo mientras declaraba, observar sus ojos y sus gestos, resultaba fundamental para determinar el crédito de su testimonio. En su ya clásico ensayo The Meaning of Meaning (Londres y Nueva York, 1923), Ogden y Richards abren su primer capítulo, Thoughts, words and things, con un proverbio de la etnia bubi, nativos de la antigua isla de Fernando Poo, hoy Bioko (Guinea Ecuatorial), que viene a decir lo mismo: “Acerquémonos al fuego, para que podamos ver qué decimos”.

En estos últimos párrafos he introducido algunos términos —paraverbal, paralingüístico, no verbal…— que pueden resultar un tanto confusos. De hecho son los mismos expertos los que han generado la confusión de términos que ahora mismo trato de resolver. Distinguiremos tres clases de elementos que, junto a la lengua, conforman el lenguaje humano: los aspectos prosódicos como la entonación, el acento o el ritmo, que la mayoría de autores consideran de naturaleza lingüística, que se superponen a la secuencia de un enunciado cualquiera; los recursos vocales no prosódicos, y por tanto no lingüísticos o no verbales, como tos, suspiros, bufidos, gemidos, llanto, que pueden acompañar también a cualquier enunciado; y finalmente todos los signos relacionados con la expresión facial o gestual, y por tanto no vocales ni verbales, como la mirada o las muecas, que regulan y determinan la interpretación de los enunciados. Algunos autores usan el término paraverbal para referirse de forma exclusiva a los componentes vocales no prosódicos (tos, suspiros…), que otros denominan paralingüísticos, y que unos y otros distinguen de los elementos propiamente no verbales (gestos, miradas…); algunos, en cambio, denominan paralingüístico o paraverbal a todos los componentes no verbales del lenguaje, sean vocales o no. Aquí, aceptaremos la equivalencia entre paralingüístico y paraverbal como términos que se refieren a los recursos no verbales (vocales y no vocales) de la comunicación humana, que de modo habitual denominamos comunicación no verbal.

Así pues, la comunicación humana no es un asunto exclusivo de las palabras, cuyo sentido viene determinado en última instancia por todos esos aspectos de naturaleza paraverbal o no verbal que se superponen o acompañan a cualquier enunciado. Y por esto mismo, nuestra capacidad de comunicación no depende solo de nuestra competencia lingüística o verbal, sino también de nuestra competencia no verbal. En caso contrario, nos ocurriría algo parecido a lo que le sucedía a Kim Peek Kimputer (1951-2009), ese singular personaje que inspiró la película Rain Man (1988), que podía retener dos páginas en apenas diez segundos, como un escáner, pero era incapaz de advertir cualquier signo de ironía, por ejemplo.

¿Tus hijos siguen en el mismo colegio? ¿Qué puede significar una frase como ésta? Así, sin más, nada. Para resolver cualquier significado, necesito saber o imaginar quién la dice y a quién, cómo la dice y en qué circunstancias, solo entonces podré determinar si se trata de una expresión cordial, inofensiva, o de una amenaza velada. La situación, las circunstancias o el contexto, que vienen a ser lo mismo, son igualmente determinantes no sólo del sentido de las palabras, sino de las palabras mismas, porque tanto afecta al que habla como al que escucha. El que habla, porque dice las cosas de una u otra manera según las circunstancias, que incluyen a quien habla y el asunto de que se trata; y el que escucha, porque interpreta lo que le dicen según quien se lo dice y en qué situación o contexto. Porque no es lo mismo pedir apuntes a un colega desprendido que pedirlos a uno que es muy suyo, y si en vez de apuntes es dinero, ya no te digo; porque no es lo mismo que te invite al cine o a cenar un compañero de trabajo que es generoso porque sí a que lo haga otro que nunca pagó una triste caña a nadie, qué miedo. Todas sabemos que no es lo mismo.

Y sin embargo, durante buena parte del siglo XX la lingüística no solo dio la espalda a cualquier idea de contexto, sino que incluso negó por activa y por pasiva que el contexto tuviera relación con el significado, que para la mayoría de lingüistas era un atributo exclusivo de las palabras. Para documentar hasta que punto persistió esta visión insensata de la lengua, basta señalar que no fue hasta 1992, en su 21ª edición, que el Diccionario de la Real Academia Española recogió por primera vez una noción de contexto relacionada con el sentido de las palabras aunque muy deficiente porque se limita al contexto estrictamente lingüístico, lo que algunos llaman cotexto: “Entorno lingüístico del cual depende el sentido y el valor de una palabra, frase o fragmento considerados”. Y así sigue aún hoy, 20 años después, el significado de contexto refrendado por los ilustrados de la Real Academia: sin recoger ni reconocer la noción de contexto extralingüístico. Bastante mejor han ido las cosas en el caso de la lengua catalana, porque ya en su primera edición de 1995 el diccionario del Institut d’Estudis Catalans expone una idea de contexto acorde ya con los principios fundacionales de las disciplinas pragmáticas y con nuestra experiencia común de la comunicación verbal: “Conjunto de factores de situación y de orden sociocultural e interpersonal de acuerdo con los cuales se interpretan apropiadamente los enunciados”.

Y todo esto no hace sino acreditar que durante el siglo pasado, a veces a conciencia, a veces por simple miopía, la lingüística se ha limitado a estudiar la lengua sólo como un sistema formal independiente, desgajada de su uso social, alejada de la comunicación, y si en la segunda mitad de siglo algunos lingüistas  empezaron a restituir a la lengua su naturaleza social, su función comunicativa y su dependencia contextual, fue gracias a la influencia de la sociolingüística, la psicolingüística, la filosofía del lenguaje y, en primer instancia, gracias a las aportaciones de la antropología cultural, como reconocía a mediados de siglo el lingüista Roman Jakobson, figura capital de la célebre Escuela de Praga: “Los antropólogos nos prueban, repitiéndolo sin cesar, que lengua y cultura se implican mutuamente, que la lengua debe concebirse como parte integrante de la vida de la sociedad y que la lingüística está en estrecha conexión con la antropología cultural” (1953: 15).

Jakobson se refería sin duda al antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942) que tras algunos años de estudio de la vida social de los habitantes de las islas Trobriand, en Melanesia, a su regreso a Londres publicó, como anexo del libro antes citado de Ogden y Richards, un revelador ensayo sobre The Problem of Meaning in Primitive Languages, en el que ilustra y documenta mediante el análisis de fragmentos de conversación entre nativos, la relación estrecha entre lenguaje y cultura, en el sentido de que el significado de las palabras no es independiente de su uso social, todo lo contrario, deben interpretarse de acuerdo con las circunstancias en que se usan: “el significado de una palabra debe colegirse siempre, no de una contemplación pasiva de esta palabra, sino de un análisis de su funciones, con referencia a la cultura dada” (Malinowski, 1923: 323).

En ese artículo, Malinowski hace dos contribuciones fundamentales que, en primer lugar, delatan la incapacidad o la impropiedad de la lingüística para estudiar el lenguaje, y años más tarde, ya en la segunda mitad de siglo XX, constituirán el principio nuclear de las disciplinas pragmáticas que abordarán abiertamente el uso del lenguaje, es decir, el estudio de la lengua no como un fósil, sino como un instrumento vivo de comunicación. Veamos las aportaciones del antropólogo. Por un lado, Malinowski concluye que “el lenguaje deber ser considerado como un modo de acción”, una idea visionaria en la que apenas nadie reparó, pero que casi cuatro décadas después resurgirá con fuerza y brillantez cuando se publique How to do things with words (1962), libro que recoge una serie de doce conferencias impartidas a mediados de los cincuenta por John L. Austin  (1911-1960) en Harvard, en las que el filósofo del lenguaje inglés expone su luego célebre y productiva teoría de los actos lingüísticos o de los actos ilocutivos. Por otro lado, Malinowski propone y formula el concepto de contexto de situación, piedra angular de todas las nuevas tentativas de análisis del lenguaje:

“[Una expresión] sólo se hace inteligible cuando se la coloca dentro de su contexto de situación, si se me permite acuñar una expresión que indica por un lado que la concepción de contexto debe ser ampliada y por otro que la situación en que se profieren las palabras nunca puede ser pasada por alto como impertinente para la expresión lingüística”.

“Una enunciación proferida en la vida real nunca está separada de la situación en que ha sido emitida. […] En cada caso, entonces, la expresión y la situación están enlazadas de forma inextricable una con otra, y el contexto de situación resulta indispensable para la comprensión de las palabras”. (Malinowski, 1923: 320,321).

Pero las ideas de Malinowski tardaron décadas en ser aceptadas más o menos por los lingüistas, y por ejemplo, el mismo año en que se publicó el libro póstumo de Austin, donde el filósofo de Oxford defiende la dimensión explícita e implícita del lenguaje y la función determinante del contexto en el proceso de interpretación del significado de los enunciados, el lingüista británico de origen húngaro Stephen Ullmann (1914-1974) publicó Semantics: An Introduction to the Science of Meaning (1962) en el que abiertamente afirma que la semántica se limita a estudiar el significado de las palabras, y para que no haya dudas de lo que quiere decir, advierte que su manual trata “del significado en la lengua, no en el habla”, es decir, del significado al margen del contexto. Y lo dice bien convencido, hasta el extremo de afirmar que “si las palabras no tuvieran significado fuera de los contextos sería imposible compilar un diccionario”. Qué disparate. Ullmann pasa por alto que los significados que recoge y sanciona el más elemental de los diccionarios para cualquier palabra siempre presupone un contexto de uso, más o menos habitual y quizá por esto mismo inadvertido. De otro modo, cuando un lingüista como Ullmann habla del significado literal, propio de una palabra, independiente de cualquier contexto, tácitamente asocia ese significado a sus supuestos contextuales, implícitos, desapercibidos de tan ordinarios, de sobra conocidos. Pero en sentido estricto, fuera de todo contexto, una palabra no es más que un garabato que nos resulta familiar pero que no nos dice nada a menos que demos por hecho una determinada situación de uso, un contexto.

Si encuentro en la calle un pedazo de papel en el que pone Se acabaron las cucarachas, puedo interpretar por el tipo de papel y de letra, por el mismo hecho de encontrarlo en la calle, o por los anuncios que recuerdo, que eso es parte de un folleto publicitario, por ejemplo. Pero si yo encuentro ese mismo papel, con el mismo texto, doblado y metido en un sobre sin ningún dato pero en mi buzón… Entonces, si soy capaz de apreciar los factores contextuales del caso, aunque no sepa quien me lo manda, quizá empiece a considerar que el Gregorio Samsa de Kafka soy yo.

No, no tiene ningún sentido hablar del significado de las palabras, como si la lengua fuera un código cerrado, estable y establecido, como si las frases fueran una procesión de palabras que transportan su significado del hablante al oyente sin merma de ningún tipo, de modo que el primero se dedica a codificar las palabras correspondientes al mensaje que quiere comunicar, y el segundo se limita a descargar los significados que le llegan a través de las palabras. No, no existe tal cosa. No, las lenguas no fueron reveladas por nadie, no hubo un Moisés que apareció un día en Sierra Morena con un diccionario en una mano y una gramática en la otra. No, las palabras, todas, aparecieron en determinado contexto, porque alguien justo en ese momento tuvo la necesidad de decir algo a otro, quizá que había encontrado miel, que aún no se llamaba miel ni sabían qué era, y seguro que se sirvió también de gestos para hacerse entender, y en su impaciencia por comunicar el hallazgo a los de su tribu, quizá balbuceó en algún momento alguna sílaba, y otro día repitió los mismos sonidos, y los otros se dieron por enterados, y luego otro usó ese nombre porque había descubierto otra colmena, y otro dijo lo mismo otro día, y así entre todos un día encontraron la miel y la palabra.

La hipocresía es una conquista y signo de la civilización, dijo no sé quien. Bien, dejando aparte el trasunto moral, la expresión me parece muy acertada e incontestable en un sentido técnico, es decir, que haber afinado el lenguaje de tal modo que para comunicar algo no hace falta decirlo abiertamente me parece, sin lugar a dudas, un logro de la sociedad humana. ¿Se imaginan un lenguaje que sólo permitiera decir las cosas abiertamente, que no fuera posible insinuar nada, ni dejar entrever nada, ni dar a entender nada distinto a lo dicho? Sería horroroso, porque o callábamos o cada palabra sería el comienzo de una gran pelea. En tales condiciones, seducir sería algo muy expeditivo, muy bruto y nada mágico: aquí te pillo, aquí te mato.

Durante el siglo XX, el paradigma del objetivismo ha dominado de tal modo la percepción y el análisis del lenguaje, del periodismo y la información, y la comunicación en general, que la ironía, por ejemplo, técnicamente hermana de la hipocresía, ha sido descrita una y otra vez como un recurso extraordinario del lenguaje que consiste en dar a entender algo distinto o lo contrario a lo que uno dice y piensa, cuando resulta que esta técnica —decir y dar a entender—no tiene nada de extraordinario, al contrario, es la estrategia ordinaria de la comunicación humana, que con los siglos, a medida que las relaciones sociales se han hecho más complejas, ha desarrollado un lenguaje que gestiona la conversación mediante dos canales orgánicos e inseparables, el explícito y el implícito. De manera que el dar a entender algo distinto o incluso contrario de lo uno dice no es un signo distintivo de la ironía, es algo habitual en el lenguaje, y me remito a uno de los ejemplos del principio: cuando tu voz dice sí, pero tus ojos dicen no, está muy claro lo que dices.

En bodas, funerales y otras fiestas familiares, siempre coincidimos con esos parientes más o menos lejanos que no veíamos desde el último entierro, y a menudo, empujados por esa postiza cordialidad del momento decimos cosas que a veces lamentamos haber dicho, A ver qué día os venís a cenar, o peor, A ver cuando os venís a pasar un fin de semana con nosotros, que son formas civilizadas de advertir a los parientes que ni se les ocurra venir a cenar, ni mucho menos a pasar el fin de semana. Y aunque nos duela tanta hipocresía, estas cosas funcionan así, y la prueba es que si alguna vez nuestra invitación es sincera, tenemos tan claro el sentido hipócrita habitual de esas expresiones que para corregirlo nos vemos obligados a insistir: De verdad, Manolo, que no lo digo por decir, ni por quedar bien, que me gustaría que…, vamos, que estaríamos encantados…, ¿no es cierto Juanito?

Y si lo explícito está claro, ¿cómo desvelamos lo implícito, lo que se da a entender? Pues como hemos hecho siempre a pesar de lo que han dicho los lingüistas, mediante la interpretación y la valoración contextual del enunciado, a saber: quién nos habla, qué sabemos de él, que relación tenemos con él, y en qué situación o en qué contexto tiene lugar la conversación. Y es de acuerdo con esta interpretación y valoración contextual que llegamos a la conclusión que un determinado enunciado, Yo de ti no lo haría, por ejemplo, es un consejo, una advertencia o incluso una amenaza. Y claro, aunque yo interprete amenaza, el otro puede decir que esa no era en absoluto su intención, que lo suyo es una simple sugerencia, apenas un consejo. Y esto es así, o puede ser así, porque lo implícito es fruto de nuestra interpretación y valoración, y en la medida que no es un dato, nuestra interpretación puede ser legítima pero también discutida o discutible. Pero ojo, la interpretación no es un ejercicio ni arbitrario ni gratuito, que es la acusación que lanzan a menudo los objetivistas contra los relativistas como yo, sino más bien un asunto de argumentación. Si yo escribo que López tira la toalla tras defraudar la confianza del PP (Abc, portada, 22-08-12) deberé legitimar de modo razonable las dos valoraciones del titular, que tiró la toalla, o sea que de hecho quería agotar la legislatura, y que defraudó la confianza del PP, y si no lo hago, será porque soy un tramposo o porque mis lectores tienen unas deformes tragaderas o bien comparten mis mismos intereses políticos y mis escasos escrúpulos, arriba España.

No hay texto sin contexto, y a más información contextual, menos texto hace falta para comunicarse, y al revés, a menos contexto, más texto resultará necesario para llegar a comunicar lo mismo. Por eso, cuando nos habla alguien que nos es muy conocido, a veces ya sabemos qué va a decir antes de que abra la boca; y lo contrario, si tratamos con un desconocido puede resultar muy laborioso decirle y aún más darle a entender algo que en otras circunstancias, en otro contexto o a otra persona, podría resultar sencillo.

Tras Malinowski, muchos otros autores como Bally, Firth, Slama-Cazacu, Coseriu, han tratado de identificar, describir y clasificar con detalle todo tipo de contextos, a veces hasta extremos delirantes. Me parece un trabajo sobre todo innecesario. Hablar, escuchar y tratar de entender es algo que hacemos cada día y de forma individual, de modo que en una conversación ordinaria cada uno debe valerse por si mismo, es decir, que solo podré recurrir a lo que yo sé para valorar si lo que alguien dice es una burla o una provocación o un desaire o una invitación o un farol. Por eso el contexto es un factor de orden cognitivo, o lo que es lo mismo, el contexto en cada caso no es más que toda esa experiencia, todo ese conocimiento que somos capaces de activar y activamos porque lo consideramos clave para interpretar un determinado enunciado. Que todo ese conocimiento sea pertinente y suficiente como clave de interpretación, eso ya es otro asunto, porque en nuestro esfuerzo por tratar de entender también nos podemos equivocar, o por defecto, porque olvidamos o desconocemos cierta información relevante, o por exceso, porque consideramos como factores clave aspectos que no lo son, arrastrados quizá por intereses o prejuicios o simples paranoias.

En la medida que el lenguaje no es solo la lengua, sino comunicación no verbal, en la medida que no hay significado sin contexto, ni interpretación sin sujeto, podríamos decir que la capacidad humana de comunicarnos mediante la lengua —competencia comunicativa— presupone e implica una competencia lingüística, claro está, pero también una competencia no verbal y contextual, porque el sentido de un enunciado cualquiera va más allá de las palabras, y ese más allá que se sugiere, se insinúa, se disimula y se da a entender a través de las palabras, solo se puede alcanzar si tenemos en cuenta ese factor determinante que llamamos contexto.

Y en periodismo, es nuestra (in)competencia contextual la que determina nuestra (in)capacidad para interpretar y valorar la actualidad, para decidir qué es noticia y por qué, para reconocer indicios relevantes, para detectar asuntos graves, para vislumbrar el sentido más oculto de las cosas, y en definitiva, para entender el mundo. Para comprender el papel trascendental de la competencia contextual en nuestra profesión, bastará con apuntar un ejercicio tan claro como aleccionador porque permite comprobar a los alumnos y a cualquiera en general hasta qué punto el desconocimiento o el descuido del contexto puede conducir a una lamentable ceguera informativa. Se trata de elaborar una noticia a partir de tres despachos de la agencia EFE que informan de la llegada de Juan Pablo II a Damasco el 5 de mayo de 2001, en la que era la primera visita oficial de un Papa a Siria. Las crónicas de EFE dan cuenta del discurso político de bienvenida del dictador Bachar el Asad en el mismo aeropuerto y de la respuesta del Pontífice que, además de hacer un llamamiento a favor de la paz en Oriente Medio, dijo: “Ha llegado la hora de volver a los principios de la legalidad internacional que prohíbe la ocupación de territorios mediante la fuerza, que reconoce el derecho de los pueblos a ser ellos mismos, que exige el respeto de las resoluciones de la ONU y de las convenciones de Ginebra”. EFE también informaba al cabo de dos días Juan Pablo II visitaría Quneitra, una población situada en los altos del Golán que fue arrasada por las tropas israelíes durante la Guerra de los Seis Días en 1967, donde rezaría por la paz, y destacaba que “un momento memorable de la estancia del Pontífice será cuando el domingo, por primera vez en la historia, un Papa rece en una mezquita, la de los Omeyas, en Damasco, del siglo VIII, el templo de piedra más antiguo del mundo musulmán, donde se conservan los restos de San Juan Bautista, también venerado por el Islam como el profeta Yahia”.

Curso tras curso, de forma insistente, los alumnos repiten el mismo tipo de titulares sin interés alguno: Visita histórica del Papa a Siria, El Papa reza por la paz en Oriente Medio. A causa del desconocimiento contextual y la falta de atención, ni tan siquiera vislumbran los aspectos noticiosos relevantes de esa histórica visita. A ver, pregunto, ¿Hay buenas relaciones entre Estados Unidos y Siria? ¿Cómo, que Siria está en la lista negra de los países que patrocinan el terrorismo? ¿Y con Israel, qué tal? Pero, ¿cómo de malas son las relaciones con Israel? ¿Qué están todavía en estado de guerra, desde 1967, que Israel ocupa desde entonces los altos del Golán sirios? Y si esto es así, ¿qué tal les habrá sentado a Estados Unidos e Israel la visita del Papa a Siria? Y además, ¿cómo va a interpretar el gobierno israelí la visita del Papa a esa población que ellos arrasaron, junto a los altos del Golán que llevan ocupando desde hace casi medio siglo? ¿Y saben a quien se refería el Papa cuando decía que es hora de respetar las resoluciones de la ONU? ¿Qué dicen estas resoluciones? ¿Y qué es eso de las convenciones de Ginebra que por lo visto tampoco se respetan? ¿Ni idea? ¡Pues búscalas, hombre, búscalas! ¿Y de qué y de quién habla cuando habla del derecho de los pueblos a ser ellos mismos? Cuando descubren todo esto, la lista negra de Estados Unidos, el estado de guerra con Israel, que la mayoría de resoluciones de la ONU condenan a Israel por ocupar territorios y que las convenciones de Ginebra prohíben atacar a la población civil o torturar a los presos de guerra, entonces ya disponen de los elementos clave para interpretar el alcance y el sentido de la visita del Papa, y está ya en condiciones de titular, por ejemplo, que El Papa condena desde Damasco la política de ocupación de Israel, o El Papa defiende desde Damasco un Estado palestino, o El Papa exige desde Damasco que Israel cumpla las resoluciones de la ONU y abandone los territorios ocupados.

 

 

 

 

 

 

 

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