Trampas (3). Objetividad: mito, falacia y trampa

            Si un sujeto puede ser objetivo, que es lo que predican los apóstoles de la objetividad, entonces por razones de simetría y reciprocidad un objeto debería poder ser subjetivo, digo yo, que soy un tipo corriente y vulgar que vive en un mundo por lo visto muy raro donde los sujetos, por narices, son subjetivos, y algunos además obstinadamente ignorantes: ni se enteran ni quieren enterarse.

 

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Y eso que desde hace ya algunas décadas, y desde disciplinas diversas, se ha denunciado el mito y la condición ilusoria del objetivismo, y al mismo tiempo se ha destacado la naturaleza subjetiva del observador, del analista o del periodista. Así, por ejemplo, en un libro publicado en mayo de 1968 —la primavera en que casi todo el mundo estaba en París, o eso dicen—, el sociólogo Maurice Duverger advertia que:

“En la ciencias sociales, el observador forma siempre parte más o menos de la realidad que observa. Incluso el más honrado sociólogo no es nunca totalmente neutro con respecto a ninguna sociedad […] Por una parte, todo problema humano afecta, en cierta manera, al hombre que lo observa, el cual se halla vinculado, consciente o inconscientemente, a un sistema de valores […] El sociólogo corre así siempre el riesgo de tomar posición sobre los hechos que observa. Sus propios juicios de valor le empujan naturalmente a ver los fenómenos sociales de manera deformada, a supervalorar la importancia de lo que está de acuerdo con sus tendencias y a infravalorar, por el contrario, lo que no es así” (Duverger, 1968: 20, 21)[1].

A mediados del siglo XX, cuando la reflexión sobre el periodismo era mucho más escasa, precaria e irrelevante que ahora, algunos lúcidos analistas ya advirtieron la condición subjetiva de la información. Por ejemplo Emil Dovifat, profesor de Publicística en la Universidad Libre de Berlín, y sobre todo Francesco Fattorello, entonces director del Centro Nazionale per gli studi sull’Informazione de Roma, que a contracorriente y con admirable agudeza desentrañaba la objetividad informativa. Y lo hacía apuntando dos aspectos cruciales de la información: que la distinción entre información y opinión es falaz y engañosa, y que el fenómeno social de la información es un proceso de naturaleza interpretativa y, en consecuencia, subjetivo, o viceversa:

“I due principali termini della informazione (Sp, soggetto promotore, e Sr, soggetto reccettore) sono soggetti opinanti. Non è esatto pensare che il primo promuove l’informazione e il secondo la riceve perchè il problema è notevolmente diverso. E cioè: il primo trasmette non già una cosa, un fatto, una ideologia, ma la ‘forma’ che egli ha dato a ciò che ha interpretato e con la quale cerca di rappresentare agli altri quella cosa, quel fatto, quella ideologia. Il secondo non è già che riceva quella ‘forma’, ma quella ‘forma’ a sua volta interpreta (con facoltà analoghe a quelle che consentirono al primo termine di farsi promotore della informazione) e si fa promotore verso altri reccettori della interpretazione da lui data alla informazione che ha ricevuta.

“Perciò il primo e il secondo termine sono soggetti che opinano su ciò che è motivo della informazione.”(Fattorello, 1970: 45).[2]

En un conocido manual publicado en esa misma época por otro italiano, Domenico de Gregorio, el autor recoge con una actitud manifiestamente escéptica esta revisión crítica de la credibilidad informativa, que califica de sociológica, y la contrapone a la percepción positivista de la escuela norteamericana que defiende la bandera de la objetividad:

“Según el primer tipo de definición, la noticia es aquel particular ‘texto’ en el que se concreta el punto de vista del redactor sobre un hecho determinado”.

“Según el segundo modo de definición, por el contrario, la noticia es la narración en la forma más objetiva posible de un hecho verdadero, inédito y de interés general.

“[…] Según la primera definición, la objetividad absoluta es una quimera. Según la segunda, por el contrario, la objetividad es indispensable.

“[…] Aun concediendo que la objetividad absoluta no puede existir, ha de quedar claro que tiene que constituir una frontera perseguible, lo que en matemáticas se llama ‘valor límite’ o ‘asíntota’, es decir, el valor o la línea a los que siempre hay posibilidad de acercarse más y más, aun cuando por definición sea imposible alcanzarlos” (De Gregorio, 1966: 61-63).

Desde entonces, el análisis de Fattorello ha tenido poca fortuna, mientras que la actitud formalmente ambigua de De Gregorio, eso de decir que la objetividad total quizá no puede ser, pero que sí, que hay que tender hacia ese horizonte de quimera, esto sí que ha hecho escuela, se ha extendido como las cotorras. Si no fuera así, si todo el mundo tuviese claro que esto de la objetividad es cuando más un modo de referirse a la ética y competencia profesionales, entonces no se entendería que hace apenas cuatro días el Nobel de Literatura José Saramago exclamara en público: “si existe la objetividad, quiero que me la presenten ahora mismo” (El País, 09-02-2001: 42). Saramago tenía todo el derecho a quejarse: basta con repasar los libros de estilo de los medios, los estatutos de las radios y televisiones públicas, los códigos éticos, etcétera, para comprobar la buena salud de la objetividad y otros conceptos afines de igual condición absoluta y abstracta, como por ejemplo la imparcialidad, la neutralidad, la veracidad, la honestidad, la no-intencionalidad…, que se proponen como sucedáneos de la objetividad en un intento de disimular el contrasentido que agarrota la expresión original. Y por lo que parece, la epidemia es crónica, añeja y general, o eso es lo que afirman Lakoff y Johnson:

“el mito del objetivismo ha dominado la cultura occidental, y particularmente la filosofía occidental, desde los presocráticos hasta hoy. La consideración de que tenemos acceso a verdades absolutas e incondicionales sobre el mundo es la piedra angular de la tradición filosófica occidental” (Lakoff y Johnson, 1980: 238-9.

Aunque sólo sea para dar una idea aproximada de la fortuna que ha hecho el mito de la objetividad entre profesionales, editores e instituciones, revisaremos el contenido de algunos códigos éticos, libros de estilo, manuales de periodismo y otros documentos de deontología de la información. Por ejemplo, el Estatuto de la Radio y Televisión españolas (RTVE) manifiesta que la actividad de los medios de comunicación socia del Estado se inspirará, en primer lugar, en “la objetividad, veracidad e imparcialidad de las informaciones”[3], y esto mismo repiten tanto la Ley reguladora del tercer canal como los estatutos de todas las televisiones autonómicas, y se quedan tan anchos. De un modo más detallado pero igualmente enraizado en verdades absolutas, el Código Internacional de Ética del Periodismo aprobado por la UNESCO (1983) dedica los dos principis capitulares a la objectividad informativa:

“1. El derecho del pueblo a una información verídica: el pueblo y las personas tienen el derecho a recibir una imagen objetiva de la realidad por medio de una información precisa y completa.

“2. Adhesión del periodista a la realidad objetiva: la tarea primordial del periodista es la de servir el derecho a una información verídica y auténtica por la adhesión honesta a la realidad objetiva, situando conscientemente los hechos en su contexto adecuado, manifestando sus relaciones esenciales, sin que ello entrañe distorsiones, empleando toda la capacidad creativa del profesional, a fin de que el público reciba un material apropiado que le permita formarse una imagen precisa y coherente del mundo, donde el origen, naturaleza y esencia de los acontecimientos, procesos y situaciones sean comprendidos de la manera más objetiva posible[4].

Notemos que el Código Unesco de Ética periodística cae una y otra vez en el tópico de la objetividad informativa —“derecho a recibir una imagen objetiva de la realidad”, “adhesión honesta a la realidad objetiva”— como garantía retórica, sin fundamento, de una información que pretende el estatuto de verdad, latente en todo el texto —“una información verídica y auténtica”—. Sin embargo, en medio de las referencias absolutas —objetiva, verídica, auténtica—, alguién coló expresiones que devaluan el principio de adhesión a la realidad objetiva y por el contrario apuntan la naturaleza subjetiva de la percepción de la realidad y la necesidad de contextualizar la actualidad. En este sentido, el código Unesco postula una información que permita al lector formarse una imagen precisa del mundo (y no la imagen), de la manera más objetiva posible (y no objetiva a secas) y, sobre todo, recuerda que la comprensión de los hechos será incompleta si no se contextualizan, si no se situan, dice,”conscientemente en su contexto adecuado”. La abierta defensa que hace de la contextualitzación es un tanto contradictoria, porque si los hechos se han de situar no en un contexto de interpretación sino en “su contexto adecuado”, expresión que sugiere algo así como un contexto natural, esto contradice la condición subjectiva de la interpretación contextual: relativa, plural, incluso contradictoria.

Un poco antes de ser aprobado este código ético universal, Porfirio Barroso Asenjo, profesor de Ética y Deontología Periodística en la Complutense de Madrid, redactaba un Proyecto de Código de Ética Profesional del Periodista[5] de 37 puntos —por puntos que no quede—, el primero de los cuales, con una solemnidad de tribunal y un lenguaje de predicador, decreta que “la primera y principal obligación de todo periodista es el servicio a la verdad de la forma más objetiva y exacta posible, en virtud del derecho natural que el público tiene a conocerla”. El sermón del profesor Barroso iba todavía más lejos que el Estatuto de la Profesión Periodística (1967), hijo natural de la Ley de Prensa del ministro franquista Fraga (1966), que se limitaba a ondear la banderita blanca de la objetividad cuando advertía que “el ejercicio de la profesión periodística es incompatible con las actividades de agente o gestor de publicidad [o] cualquier otro cargo que entrañe intereses que impidan la objetividad y el servicio del interés general en los trabajos informativos” (Barroso Asenjo, 1984: 81). En fin, que no era suficiente perseguir la objetividad, era necesario alistarse al servicio de la verdad. Lo que no detallaba el proyecto de Barroso, sin embargo, era a qué verdad había que apuntar-se. Lástima.

Adviértase que cuando el profeta Barroso substituye al alza la objetividad por la verdad no hace más que delatar el sentido excluyente, absoluto, dogmático, que la palabra arrastra y que los apóstoles del objetivismo ocultan a veces con vergüenza: la objetividad sólo puede coincidir con la verdad, así de claro. Otros códigos deontológicos optan por un redactado más o menos igual de vago pero algo más prudente, en el sentido que dejan de lado no sólo conceptos tan improcedentes como el de verdad, sino incluso el de objetividad, y en su lugar proponen determinados sucedáneos —veracidad, imparcialidad, honestidad…— que cada vez reconocen más abiertamente la naturaleza intencional, subjetiva, de la cualidad informativa que pretenden designar. Así, por ejemplo, el código de ética de la Asociación de jefes de redacción de la Associated Press (1975) manifiesta que “un buen periódico es equitativo, exacto, honesto, responsable, independiente y decente. La veracidad es su principio rector”, y por eso mismo “debe cuidarse de cometer inexactitudes, descuidos, prejuicios o distorsión, ya sea mediante el énfasis o la omisión” (citado por Barroso Asenjo, 1984: 86).

Con una redacción más afinada, la Declaración de Principios de la Sociedad Norteamericana de Redactores Periodísticos (1975, en sustitución del reglamento de 1925) pone el énfasis en la responsabilidad, la independencia, la imparcialidad, el juego limpio y la veracidad, y en este punto declara: “La buena fe hacia el lector es la base del buen periodismo. Deben hacerse todos los esfuerzos para garantizar que el contenido noticioso sea exacto, esté libre de prejuicios y se ajuste al contexto, y que todas las opiniones sean presentadas de modo equitativo” (citado por Barroso Asenjo, 1984: 85).

De modo similar, la asociación de periodistas de los EE.UU. Sigma Delta Chi aprobó un código de ética profesional (1926, ratificado en 1973) que aunque se recrea en artificios retóricos —“la verdad es nuestra meta suprema; la objetividad en la información de las noticias es otra meta”—, al mismo tiempo proclama dos máximas de gran interés, sobre todo la segunda: “La buena fe hacia el público es el cimiento de todo periodismo digno”; “Los titulares periodísticos deben estar plenamente justificados por el contenido de los artículos” (citado por Barroso Asenjo, 1984: 88). La primera, casi copiada de la Declaración de la Sociedad de redactores antes citada, formula un principio de lealtad del periodista hacia los lectores que, aunque peca de vago como los sustitutos habituales de la objetividad, me parece una buena manera de expresar el compromiso ético del periodista, que en ahora ya no se centra en los hechos —objetividad— o en él mismo —honestidad— sino que se desplaza hacia el lector con una doble exigencia de responsabilidad y de lealtad. La otra máxima apunta a una propiedad de naturaleza textual, que llamaré legitimidad de la información, que se refiere a la condición representativa del titular, que exige una relación de consecuencia entre texto y título y, al mismo tiempo, una relación de coherencia entre título y texto.

Si admitimos que la información es un proceso de interpretación y valoración contextual —pretextual, textual, supratextual—, si reconocemos que, aparte de las interpretaciones y valoraciones explícitas de los llamados géneros interpretativos y de opinión, no hay información sin una carga de interpretación y opinión implícitas, si afirmamos que esta interpretación y valoración implícita en el texto informativo se puede detectar, describir y sistematizar, entonces no habrá legitimidad informativa si el texto no avala de manera razonable las interpretaciones y valoraciones implicadas, sugeridas si se quiere, es decir, si el texto no argumenta de modo satisfactorio  las implicaciones, sobre todo las del titular, que casi siempre condensa la interpretación contextual de la información. De ahí que resulte tan oportuna la máxima adoptada por la asociación Sigma Delta Chi. Por poner un ejemplo simple, la legitimidad de un título como “Arafat reta a Bush y anuncia que será candidato en las elecciones de enero” (El País, 27-06-2002) dependerá de si el texto informativo explica y avala de manera razonable la interpretación que se propone (Arafat reta a Bush) del anuncio electoral hecho por Arafat, dato que se supone documentado de modo fehaciente. Para legitimar un título como “Zapatero da a entender que aprobará la opa de Gas Natural sobre Endesa” (La Vanguardia, 11-01-2006), será preciso que el texto aporte aquellos datos, declaraciones o lo que sea que justifican razonablemente la interpretación expresada por el titular: de aquí que se pueda afirmar con propiedad que la información tiene una indiscutible condición argumental, porque aunque sea implícita no puede haber interpretación legítima sin razones que la sostengan razonablemente, valga la abundancia. En otros casos, las cosas se complican un poco más, porqué las interpretaciones no se afirman, sólo se sugieren, no se publican, sino que se dan a entender, a menudo con total impunidad. Por ejemplo, ante un título como “Una fiscal fue coaccionada y dejó Euskadi tras recurrir excarcelaciones de la juez Alonso” (El País, 17-10-2002), no basta con documentar los hechos (fue coaccionada; dejó Euskadi; recurrió excarcelaciones de la juez Alonso), sino que el texto informativo tendrá que argumentar las imputaciones insinuadas por el titular si no se quiere entrar en el juego sucio y la ilegitimidad (Véase el capítulo XIII).

Más cercano, el Código Deontológico de los periodistas catalanes, aunque se limita a proponer unas normas de conducta profesional elementales, tiene el mérito de evitar intencionadamente —quiero decir que la intención se nota en el quiebro— el falso talismán de la objetividad o de cualquiera de sus habituales sustitutos, y en su lugar se remite a cuestiones que apuntan ya la naturaleza interpretativa de la información:

“2. Difondre únicament informacions fonamentades, evitant en tot cas afirmacions o dades imprecises i sense base suficient que puguin lesionar o menysprear la dignitat de les persones i provocar dany o descrèdit injustificat a institucions i entitats públiques i privades.

“7 […] En tot cas, no s’ha de simultanejar l’exercici de l’activitat periodística amb altres activitats professionals incompatibles amb la deontologia de la informació, com la publicitat, les relacions públiques i les assessories d’imatge, ja sigui en l’àmbit de les institucions o organismes públics, com en entitats privades” (Col.legi de Periodistes de Catalunya, 1992).

Páginas atrás hemos consignado la aparición literal o sobreentendida de la objetividad en el libro de estilo de algunos periódicos. En el caso de La Vanguardia, por ejemplo, la palabra objetividad no aparece con estas letras, pero tampoco le hace ninguna falta: por dos veces proclama que su forma de hacer periodismo exige “una estricta separación entre hechos y opiniones, entre géneros informativos, géneros interpretativos y géneros de opinión”. Y para que nadie dude de sus buenas intenciones, enseguida añade que “en el ejercicio de funciones específicamente informativas el periodista mantiene el firme propósito de evitar la manifestación explícita o implícita [o sea, información ciento por cien objetiva] de sus opiniones personales sobre los hechos tratados” (LV, 1986: 13). De una sola tacada, La Vanguardia ejecuta la carambola de la objetividad, y así la cuenta en el apartado final, punto 6.2., de las normas generales de redacción:

“La imparcialidad, la neutralidad y la honradez [carambola!] en el tratamiento de las noticias e informaciones es una característica fundamental de ‘La Vanguardia’. La tendenciosidad está totalmente reñida con nuestra tradición profesional independiente [¿Sólo los dependientes son tendenciosos?]. Cuando se escribe acerca de determinadas materias opinables, el informador debe dejar a un lado sus ideas y preferencias personales [más que objetividad, más que imparcialidad: !indiferencia!]. No podemos confundir la función de interpretar con la de opinar […] No es ético aprovechar la tribuna que ofrecen las páginas del diario para entreverar la información con opiniones subjetivas [y si son opiniones objetivas, ¿entonces sí que és ético o tampoco?] que vayan contra la tónica de mesura que nos es habitual [!Haberlo dicho¡ Ahora ya lo entiendo]” (LV, 1986: 19).

Con una magia más simple, sin adornos, directa como la factura del dentista, el libro de estilo de El Mundo informa que “el objetivo de la noticia es reflejar con la mayor exactitud posible la realidad a la que ha tenido acceso el periodista. Aunque la selección y colocación de elementos en una noticia implica necesariamente una elección subjetiva [y la elección de la noticia, ¿no?], no hay lugar para incluir opiniones o juicios de valor”(EM, 1996: 23). Está claro, ¿para qué te vas a delatar, cuando es tan fácil disimular? Segunda sesión de magia, el cuarto principio básico de cualquier texto informativo según El Mundo:

IV. Objetividad. No existe la imparcialidad absoluta [es bueno saberlo], pero un artículo es objetivo cuando el periodista no introduce en él sus opiniones o sentimientos, y suministra tan sólo datos comprobables [‘Pedro Jota hoy no se ha ido de putas’, ¿por ejemplo?]. Sin embargo, el periodismo ‘puro y objetivo’ a la antigua usanza, tan alabado por los regímenes políticos autoritarios, induce a la pasividad, a aceptar por las buenas lo que digan las fuentes (sobre todo las autorizadas). El periodista actual debe buscar y aportar datos con sentido crítico, no actuar de mero taquígrafo” (El Mundo, 1996: 44).

La cita expone una descripción exacta de la retórica de la objetividad más tramposa: una información es objetiva cuando el periodista suministra tan sólo datos comprobables. Pues bien, con una información así, sólo datos comprobables, y por tanto objetivos, o sea ciertos, incontestables, no se dirá mentira alguna, ciertamente, no se afirmará abiertamente nada que se sepa de cierto que es falso, seguro, pero es que tampoco hará falta, y de ahí la trampa: ¡resultará tan sencillo inducir el engaño y, más allá de lo que digas o lo que calles, dar a entender impunemente todo aquello que sabes que no puedes decir porqué entonces seria mentir, que ríete del texto de opinión más venenoso y perverso!

Y entre profesionales y catedráticos de manuales todavía han enredado más el asunto, unos abonando la objetividad a conciencia, otros con inconsecuencia, no todos, verdad, porqué unos pocos ya lo tenían claro más de cuarenta años atrás, por ejemplo el citado profesor F. Fattorello que, en contra de la pretendida objetividad de la información, proclamaba que:

“il fenomeno sociale della informazione, s’è detto sopra, sta nella interpretazione del tutto soggettiva del promotore [periodista] e nella successiva interpretazione non meno soggettiva del recettore [lector].

“[…] L’uomo non è una macchina: è un soggetto intelligente, opinante, e perciò su di tutto e di tutti è portato a opinare, anche su ciò che non conosce.

“La soggettività delle informazioni si ripete all’infinito poichè il fenomeno dell’informazione si rinova senza limiti: è un susseguirsi continuo di rapporti che non si interrompe mai.

“In questa soggettività sta tutto il valore dell’informazione.

“Proprio al contrario di quanto molti dicono, l’informazione sta nel giuoco di queste interpretazioni.

“[…] A nostro avviso se precetti moralistici si debbono dare al futuro giornalista non bisogna nascondergli che egli è sempre un soggetto opinante e tali sono i suoi lettori e che egli debe preoccuparsi degli effetti che derivano dalle sue informazioni.” (Fattorello, 1970: 64, 65, 66).

Y en un sentido idéntico pero con un razonamiento más preciso y afinado se expresa L. Núñez Ladevéze, que entre otras razones, escribe:

“Cuando se habla de la ‘objetividad del periodista’ en el sentido subjetivo de la ‘imparcialidad del informador’, se alude a si en su tarea informativa el periodista cumple o no, aplica correctamente o no, esas reglas de juego a las que expresa o tácitamente la sociedad o los lectores entienden que debe ajustarse la selección del lenguaje y de los hechos […] Pero esto, en fin, no debe confundirse con la ‘objetividad’ de la información: pues si hablando propiamente cualquier dato que se aporte acerca de lo ocurrido es en sí mismo ‘objetivo’, eso no implica que la selección de tal dato (o, eventualmente, su ocultamiento) respondan a un criterio de imparcialidad” (Casasús y Núñez Ladevéze, 1991: 108).

Entre los profesionales, también los hay que han denunciado la ilusión o el fraude, o las dos cosas, de la objetividad, como Miguel Ángel Bastenier, profesor de la escuela de Periodismo de El País, diario del que también fue subdirector, que en un manual reciente, afirma sin contemplaciones:

“Pero suponer, realmente, que es posible separar los hechos de la opinión es pura fantasía. No ha habido jamás un solo texto, por desnudo que pueda parecer a nuestros ojos, que no contenga alguna carga de opinión en primer grado, siquiera que sea por la colocación que ha merecido en las páginas del periódico […] La objetividad no existe y no hace ninguna falta que exista, porque si fuera así todos los diarios, al menos los que cumplieran con sus objetivos profesionales, darían siempre prácticamente la misma versión de los hechos […] Algún grado de valoración o interpretación —u opinión— es siempre inseparable de eso que con gran fantasía por nuestra parte llamamos los hechos” (Bastenier, 2001: 25-26).

Después de la traca seca y expeditiva contra el cuento de la objetividad con que Bastenier inaugura su curso de periodismo, resulta aún más incomprensible que un ilustre colega suyo, Joaquín Estefanía, durante años director de El País y luego jefe de opinión, se abandone a la pura fantasía objetivista, sin ningún tipo de pudor, en el prólogo de la edición española de The Universal Journalist (1996), del periodista inglés David Randall. El prólogo de Estefanía resulta todavía más desconcertante si se tiene en cuenta que, ya en las primeras páginas de El periodista universal —un libro de reflexiones y consejos sobre el oficio—, el escéptico reportero inglés advierte que todos los periódicos deberían publicar en cada una de sus ediciones una nota aclaratoria que debería confesar más o menos esto:

“Este diario, y los centenares de miles de palabras que contiene, han sido producidos en aproximadamente 15 horas por un grupo de seres humanos falibles, que desde despachos atestados tratan de averiguar qué ha ocurrido en el mundo recurriendo a personas que a veces son remisas a contárselo y, otras veces, decididamente contrarias a hacerlo.

“Su contenido está condicionado por una serie de valoraciones subjetivas realizadas por los periodistas y los jefes de redacción, influidos por su conocimiento de los prejuicios del director y los propietarios. Algunas noticias aparecen sin el contexto esencial, ya que éste les restaría dramatismo o coherencia, y parte del lenguaje empleado se ha escogido deliberadamente por su impacto emocional y no por su precisión. Algunos reportajes se han publicado con el único objetivo de atraer a determinados anunciantes” (Randall, 1996: 19).

No diré que sea sorprendente, pero sí que  parece significativa la confesión de Randall, que entre otros cargos ha ocupado la subdirección del Observer (Londres). Lo que sí resulta insólito es que en la entusiasta presentación que le dedica, El periodismo, primer borrador de la historia, Estefanía recoja con todo detalle la advertencia que según Randall debería abrir portada a diario y apenas dos páginas después niegue como si tal cosa no una sino tres veces la ideología profesionalista propuesta por Randall:

“la independencia de un medio de comunicación, la objetividad [1] y la transparencia son la base de su credibilidad y de ella responden tanto los periodistas como los editores; que la independencia se sustenta necesariamente en la rentabilidad, pero también en el no sometimiento de los profesionales a disciplina ideológica, partidista o de grupo que coarte su objetividad [2].

“Y también: que la objetividad [3] debe hacer renunciar al periodista a todo protagonismo, a todo perjuicio [supongo yo que será ‘prejuicio’] personal o social, y a considerar que, como norma, toda fuente es interesada [y un periódico, señor Estefanía, ¿no es también una fuente y, además, interesada?], lo que impone el contraste de la información y la identificación de las fuentes” (Randall 1996: XIX).

Si les afirmaciones de Bastenier recogidas más arriba son acertadas, entonces este recurso reiterado del ex director de El País a la objetividad sólo puede ser un despropósito, una fuente de confusiones que a menudo sólo esconden intereses opacos, o inconfesables. O una extrema ingenuidad, que no es el caso, supongo. Y que no se nos diga que es una forma de expresarse[6], que ya nos entendemos, porque bajo la advocación de la objetividad y sus sucedáneos —imparcialidad, neutralidad, veracidad, facticidad, honestidad…— se ha preparado la venenosa estrategia de la credibilidad o fiabilidad de la información. Y en este sentido, no ha de parecer raro ni tan siquiera excepcional encontrar opiniones como la de ese director de un diario de París que, en una encuesta hecha durante los años 80 a la élite de la prensa francesa, explicaba de este modo su idea del oficio: “Je suis une oreille et un micro: je répercute ce que j’entends, je tends un miroir devant les institutions et les hommes” (Rieffel, 1984: 179).

Una asepsia que da asco, más o menos igual que el Dodecálogo de deberes del periodista que el académico, monárquico y Nobel Camilo José Cela presentó ante la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (Madrid, 29-09-1992). Si el primer deber del periodista es, según Cela, “decir lo que acontece”, y en segundo lugar, “decir la verdad”, el tercer mandamiento es, así lo escribía, “ser tan objetivo como un espejo plano”[7]. Plano como su culo, supongo, señor marqués que está ya en sus infiernos. En fin, CJC se ganó con creces el título de censor honorario de rotativos como Der Spiegel o Daily Mirror.

 

[1]El sociólogo francés denunció a menudo la condición delirante y tramposa de cualquier pretensión de objetividad o de neutralidad en los estudios sociológicos, y en este sentido argumenta, por ejemplo, que “el sociólogo, más que intentar alcanzar una objetividad y una neutralidad que son inaccesibles […], debe ser consciente de su imposibilidad de pasar por alto las ideologías, a fin de limitar la deformación que resulta de ello” (Duverger, 1973: 23).

[2] La primera edición de esta Introduzione alla tecnica sociale dell’informazione es del 1959, pero según explica el autor, F. Fattorello, en el prefacio a la 4ª edición, “per l’esattezza cronologica questa teoria fu esposta per la prima volta al Corso Propedeutico alle Professioni Pubblicistiche, istituito in seno alla Facoltà di Scienze Statistiche della Università degli Studi di Roma, nell’anno accademico 1947-1948. Essa è diventata la base scientifica e metodologica di quella scuola. Questa quarta edizione, appare nel 1970 pochi mesi dopo la pubblicazione in lingua spagnola edita a Caracas dalla Università Centrale del Venezuela [Introducción a la técnica social de la información, 1969].”

[3]  Ley 4/1980, de 10 de enero (B.O.E., núm. 11, de 12 de enero). Artículo 4º, apartado a.

[4]  El Código Internacional de Ética Periodística fue aprobado por la UNESCO, en su sede de París, el 21 de noviembre de 1983, junto con organizaciones nacionales e internacionales de profesionales, en representación de unos 400.000 periodistas de todo el mundo. Diez años antes, la UNESCO había publicado un primer documento de trabajo, Collective Consultations on Codes of Ethics for the Mass Media (UNESCO House, noviembre 1973) que hacía una comparativa estadística de los códigos de ética profesional de 48 países. El principio más citado de todos —lo formulaban más del 70% de los códigos examinados—, reclamaba “verdad, objetividad y exactitud”. Información sacada de Barroso Asenjo (1984: 41-45).

[5] Según el autor, este proyecto “fue promulgado por la entonces Secretaría de Estado para la Información, en 1980” (Barroso Asenjo, 1984: 82-84).

[6] El mismo Joaquín Estefanía, en el prólogo al libro de Bastenier antes citado (‘Lo que no acabamos de ser es lo que somos’), comenta, a propósito de esto, que “la objetividad es sólo una palabra, una invocación teórica, un santo y seña; pero que la objetividad no exista no significa que no haya que trabajar con fair play, con la honradez del punto de partida, con la ausencia de parti pris por parte del periodista” (Bastenier, 2001: 13).

[7]  El Dodecálogo de deberes del periodista propuesto por Cela lo recoge, com colofón a los principios de ética periodística, El Libro de Estilo de Telemadrid (1993: 445-446).

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