La Trampas (9). Lo que uno dice, lo que quiere decir y lo que los otros entienden

Desdémona: De rodillas te pregunto ¿Qué quieres decir con tus palabras? Comprendo una furia en lo que dices, pero no lo que las palabras dicen.  Otelo, Acto IV, Escena II, William Shakespeare, 1602.

“[…] y bien sabe Dios qué ganas me entraron de ahogarlo en aquel momento; después se me fue pasando y, como soy de natural violento, pero pronto, acabé por olvidarlo, porque además, y pensándolo bien, nunca estuve muy seguro de haber entendido a derechas; a lo mejor don Manuel no había dicho nada y aunque lo hubiera dicho… ¡Quién sabe lo que hubiera querido decir! ¡Quién sabe si no había querido decir lo que yo entendí!”   La familia de Pascual Duarte, Camilo José Cela, 1960.

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La necesidad de interpretar la información

Hemos razonado a diestro y siniestro que la calidad informativa a la que alude o se refiere la objetividad o la imparcialidad o la honestidad o la veracidad, o cualquier otro sucedáneo del mito, es de naturaleza subjetiva, es decir, que depende finalmente de la intención, de la voluntad del sujeto. Digo ‘finalmente’ porque en primer término y de manera determinante, depende de la competencia contextual y textual de la periodista: sin competencia, la ética es una ilusión, o una casualidad, o sea un desengaño. No se puede ser ‘objetivamente imparcial’, sino que siempre se es ‘subjetivamente parcial o imparcial o indiferente’. Por consiguiente, y de un modo en apariencia igualmente paradójico, resulta que la mejor información no es la que se ciñe estrictamente a los hechos, sino la que los contextualiza, los interpreta y explica, la que es capaz en definitiva de resituar el fragmento de la actualidad en un contexto de interpretación que reconstituye la envergadura de la noticia y descubre el interés informativo del asunto comunicado. Para entendernos, se trata de restituir a la instantánea de la actualidad su condición de fotograma de una historia en la que encuentra o se acrecienta su sentido informativo.

En este sentido digo que la objetividad además de imposible es insuficiente, que los datos reclaman ser interpretados para saltar de su significado inmediato, muy a menudo reducido a síntomas insubstanciales, deficientes, a su sentido profundo, contextual, ecológico podríamos decir. Que el mejor modo de ser lo que se dice ‘objetivo’ es no serlo y, al contrario, ser subjetivo, que por lo demás es inevitable: subjetivo pero competente, claro. Y entonces, sobre la base tu competencia textual y contextual, de acuerdo con tu legítimo punto de vista —inevitable de todos modos— interpretar a conciencia la actualidad y atribuirle un sentido, tal como propone Alain Woodrow, periodista de Le Monde:

“Conscient de cette subjectivité inhérente à toute informations, le journaliste compétent doit prendre le temps et le recul nécessaires, se distancier du fait pour tenter d’en comprendre la signification. Il le vérifiera, en le recoupant avec d’autres faits. Il l’éclairera sous toutes ses facettes, le remettra dans son contexte (géographique, historique), sollicitera d’autres opinions en interrogeant tous ceux (famille, parents, témoins, spécialistes) qui ont une autre connaissance (souvent meilleure) que lui du fait ou de l’événement.

“Riche de toutes ces données, il en fera la synthèse, afin de présenter au public une description aussi complète et impartiale que possible. En sachant que l’objectivité n’est pas de ce monde, il introduira autant de correctifs que possible dans les paramètres de sa subjectivité. Mais, il ne faut pas se leurrer, l’information n’est pas une science exacte!” (Woodrow, 1990: 165).

Por el contrario, el peor modo de ser ‘objetivo’ —digo ‘objetivo’ en un sentido ético, de profesional responsable, riguroso, intachable— consiste en ser ‘objetivo simplemente’, informar solamente de lo que llaman información pura, datos objetivos, ceñirse sólo a los hechos objetivos que o resultarán incompletos o bien inducirán el error por defecto o el engaño por omisión, y en todo caso serán siempre insatisfactorios, incluso fraudulentos a veces. Entiendo que el significado desborda la literalidad de las palabras y los hechos, y es en este mismo sentido, que suscribo plenamente, que Daniel Cornu argumenta:

“Mais, comment peut-on parler de nouvelles pures et, plus encore, de faits bruts? L’usage de ces expressions suppose que l’information serait capable de reproduire la réalité, à la limite sans pertes et sans intervention humaine. Cela signifierait que le journaliste comme sujet n’a qu’un rôle (apparemment) passif. Il reçoit et restitue les éléments de la réalité qui lui sont donnés ou qu’il observe. La vérité tiendrait alors à la simple reproduction de la réalité ou, plus exactement à son simple reflet. C’est essentiellement de cette prétendue reproduction que se nourrit le culte trompeur du fait journalistique entendu comme fait brut.

“[…] La pratique de l’information en temps réel vit de l’illusion de sa propre objectivité. Parce qu’une caméra est ‘plantée là’, qu’elle observe, enregistre et diffuse en continu, la réalité est–elle pour autant reproduite selon les exigences d’une connaissance objective? La réponse est évidente, et négative. L’événement a été sélectionné, le moment du tournage a été prévu, de même que sa durée, l’emplacement de la caméra a été choisi, délibérément ou fortuitement, parmi des milliers d’autres possibles […] La télévision en direct ou en temps réel a profondément modifié les conditions habituelles de l’information, faisant place à une possible reproduction de la réalité. Les faits ainsi captés sont certes constitutifs de l’événement. Ils ne suffisent pas, contrairement aux apparences, à le constituer. Ils souffrent d’une absence de contexte. Ils sont comme des mots sans syntaxe” (Cornu, 1994: 373-374).

En resumen, aquello que se entiende como la estricta objetividad del hecho en bruto, o bien es ilusoria, como en el caso de las imágenes de televisión en directo, o bien se agota en ella misma y sólo es capaz de una (auto)representación tautológica, descontextualizada, y entonces resulta plenamente decepcionante. Así pues, si por un lado “la description objective est impossible puisqu’il existe une interaction entre l’observateur et l’observé”, por otro lado resulta insatisfactoria porque “pour décrire parfaitement un phénomène, il faudrait décrire en même temps l’ensemble des relations qui interagissent à travers ce phénomène” (Martin-Lagardette, 1994: 115), y esto significa que necesariamente hay que interpretarlo, explicarlo en relación con su entorno, porque “comme l’historien, le journaliste cherche principalement à établir des faits et à les situer dans un contexte, afin de les comprendre” (Cornu, 1994: 364). Y si antes hemos certificado que la información es una tarea de interpretación y valoración, tanto si el proceso es deliberado como si es involuntario —dimitir la responsabilidad de interpretar y valorar es también un modo de interpretar y de valorar, el peor de todos, claro, porque es sinónimo de incompetencia o negligencia—, ahora añadimos que además de esta interpretación inevitable hay que tener muy en cuenta otra interpretación contextual inexcusable —textualmente explícita o implícita, esto ahora es secundario— que ha de proyectar la noticia de actualidad en un contexto de interpretación que desborda su sentido digamos literal, inmediato, primario.

Por poner un ejemplo elemental, no es lo mismo titular que “ETA mata al edil socialista de Orio en vísperas del congreso del PSE” (El País, portada, 22-03-2002) que decir simplemente que “ETA mata al edil socialista de Orio”, porque si en un caso se asume abiertamente la responsabilidad de contextualizar la actualidad, de interpretarla, en el otro parece que se declina tal responsabilidad, bien entendido que si uno propone formalmente un contexto C1 de interpretación de la noticia, el otro disimula o apunta, quizá sin advertirlo, un contexto cero C0, o sea que si el primero contextualiza la noticia de actualidad, el segundo la descontextualiza, que también es una manera de contextualizar. O dicho de otro modo: todo lo que el primer titular dice y da entender (en relación con el segundo) es exactamente todo lo que el segundo título deja de decir y sugerir (en relación con el primero).

Los hechos, pues, se han de empalabrar pero también se han de hacer hablar porque no hablan por sí mismos, al contrario, “ils se taisent tant que l’homme, et par délégation l’observateur du remarquable qu’est le journaliste, ne les a pas distingués du magma événementiel”, y es sólo entonces cuando “de cette distinction fondatrice, ils tirent une signification première, balbutiante, qui les signale comme dignes d’attention, et précisément comme porteurs de sens”, que constituye la primera etapa del proceso informativo, imprescindible pero también insuficiente, porque “admettre que le rôle du journaliste s’arrête là, c’est laisser au public l’entière responsabilité de les juger”, una dimisión que significaria “la faillite de la profession, qui serait ainsi autorisée à bénéficier en somme de la totale impunité de ses choix, sans devoir se justifier” (Cornu, 1994: 402-403). El buen periodismo, en cambio, persigue hacer hablar a los hechos, busca situarlos en un contexto significativo e interpretarlos, una tarea que según Paul Ricoeur consiste “à déchiffrer le sens caché dans le sens apparent, à déployer les niveaux de signification impliqués dans la signification littérale”, sin olvidar en ningún caso que “il y a interprétation là où il y a sens multiple, et c’est dans l’interprétation que la pluralité de sens est rendue manifeste” (Ricoeur, 1969: 16-17). Si hay margen de interpretación, el sentido tiene que ser a la fuerza relativo, y en consecuencia variable, lo cual no quita que los periodistas no puedan coincidir en la interpretación, al mismo tiempo que legitima la divergencia. No cualquier divergencia, claro está: que el sentido sea interpretable y por eso mismo relativo no es sinónimo ni de bufet libre ni de impunidad. Cualquier interpretación deberá justificarse, fundamentarse, porque si no resulta razonable a los ojos del lector, la rechazará, igual que ocurre en los asuntos de la vida ordinaria. Es justamente la condición interpretativa la que funda, convalida y garantiza en teoría la pluralidad informativa.

Si denuncio de manera recurrente el mito de la objetividad y la estrategia secular de la credibilidad o fiabilidad informativa, levantada de forma ingenua o tramposa sobre la falacia y sus equívocos, es porque, por un lado, la información reducida a (supuestos) hechos en bruto resultará tan objetiva como insatisfactoria, incompleta, muda incluso, y finalmente el lector tendrá que interpretarla, situarla en un escenario significativo, si quiere corregir la miopía contextual de la periodista; y por el otro lado, la advertencia viene a cuento sobre todo porque es justamente así, reducida a hechos en bruto y a datos objetivos, como la información puede engatusar y engañar mejor al lector, porque, como bien saben los teóricos y los profesionales que profesan el principio de separación y la vigencia de los géneros, “el estilo puramente informativo con que se escriben las noticias facilita la confianza del público” (Gomis, 1991: 45). De nuevo los mismos prejuicios de siempre: la confianza casi ciega en la supuesta objetividad de la información, la desconfianza igualmente irracional en la subjetividad, que se considera un defecto exclusivo de la opinión; y la creencia de que en la información no hay ni rastro de subjetividad y, por lo tanto, ni sombra de intención.

Y sin embargo, a veces son los mismos abogados de la separación entre la información y la opinión —algunos hablan de comentario: traslación mecánica del comment de los anglosajones— los que en una misma página reivindican que la información tiene que ser “pura e imparcial” y, al poco rato, reconocen que sin interpretación, el sentido de la información será siempre defectuoso, incompleto, y así lo argumentan: “comentem les notícies perquè és la millor manera d’entendre-les. Entendre un fet no és sentir què ha passat, sinó saber com, per qui, per què, establir clarament les causes i les circumstàncies, explorar la significació del fet, el seu abast, la seva probabilitat, etcètera” (Gomis, 1990: 113). De acuerdo, pero hay algo que se me escapa en la explicación: no entiendo el sentido de comentar las noticias. ¿A qué se refería exactamente el autor? Si nos atenemos a la cita de antes, parece que cuando hablaba de comentar las noticias el autor quería decir contextualizarlas, interpretarlas: establecer las causas y circunstancias, explorar la significación del hecho, dice. Pero es que dos páginas antes y también dos páginas después, el autor asocia el comentario de la noticia con los géneros de opinión, sobre todo el editorial:

“Ja hem explicat per què les notícies i els comentaris es donen separats […] la notícia que es dóna destacada a la portada es comenta el mateix dia a dins, a la pàgina editorial, en un article anònim que representa el que en pensa el mateix diari. I així el comentari de la notícia ve al mateix exemplar que dóna la notícia i a un altre lloc, separat de la notícia” (Gomis, 1990: 115).

No lo entiendo. Si comentar las noticias es la mejor manera de entenderlas, entonces, ¿por qué se han de separar las noticias y los comentarios? Y si se separan, y si por lo visto el editorial es el comentario de una noticia y se publica aparte, entonces, ¿dónde encontraré claramente establecidas las causas y las circunstancias del hecho y su significado?¿En la noticia, quizás? Por lo que parece, parece que no. ¿Tendré que esperar, pues, a leer el comentario que se publica por separado, o sea el editorial? Por lo que dice el autor, parece que tampoco, porque dos párrafos después funde las dos teorías en una que suena redundante:

“Les notícies que es destaquen s’han de comentar —o al menys [sic] sovint el diari creu que ho ha de fer. La raó és que si són molt notícies (és a dir, més notícia que altres que van a les planes de dins o que han anat a parar a la paperera) vol dir que pensa la direcció del diari que tindran moltes repercussions, que no passaran sense pena ni glòria, sinó que faran fer coses i dir coses, que no s’oblidaran de seguida, sinó que tindran conseqüències. I llavors el públic té dret a saber quines repercussions pot preveure’s que tindrà el fet i si són bones o dolentes. Explicar-ho és comentar la notícia.

“Recíprocament, la notícia que es comenta en un editorial (és a dir, que comenta el mateix diari que la dóna) s’ha d’haver donat bé perquè el públic té dret que li expliquin què ha passat, té dret a saber-ho, abans de sentir-ho comentar” (Gomis, 1990: 115).

Más allá de la sintaxis atropellada y de la expresión acastellanada del texto, el autor atribuye a la noticia la función explicativa del hecho de actualidad que en un primer momento le había negado —información “pura e imparcial”, decía— y que había adjudicado en exclusiva al comentario, sobre todo editorial —encargado de establecer “claramente las causas y las circunstancias, explorar la significación del hecho, su alcance”, precisaba—, y que ahora finalmente asigna de forma paradójica tanto al comentario como a la noticia. En fin, un laberinto.

Gomis reconocía la insuficiencia de la “información pura e imparcial”, o esto es lo que daba a entender cuando aseguraba que comentar las noticias “es la mejor manera de entenderlas”, es decir, que si no se comentan no se entenderán bien. Pero luego decía que esto de hacer entender las noticias es tarea del comentario, que va separado de la información. En el fragmento antes citado, Gomis reiteraba la función interpretativa del comentario —“explicar-ho és comentar la notícia”, concluye el párrafo—, pero enseguida añadía que “recíprocament, la notícia que es comenta en un editorial s’ha d’haver donat bé perquè el públic té dret que li expliquin què ha passat, abans de sentir-ho comentar”.

Vamos a ver, ¿la noticia “se ha de haber dado bien” pero sin entenderla bien, que es función del comentario? ¿Se puede dar bien una noticia y que no se entienda? Pero si la noticia se entiende bien, entonces ¿el comentario para qué coño sirve? Y si antes de llegar al comentario, el público tiene derecho a que le expliquen qué ha pasado, ¿esto significa que la noticia explica qué ha pasado pero sin entenderse bien? ¿Y qué explica, pues, la noticia? Y si al lector ya le han explicado la noticia, ¿qué explicará el comentario? ¿Explican cosas diferentes, quizá, como en el caso del Wall Street Journal, o son dos maneras diferentes de explicar? ¿Decir qué ha pasado y explicarlo, es lo mismo o es distinto? Explicar, ¿en qué sentido tenemos que entenderlo: de relatar o de interpretar? No sé, pero quizás convendría resolver con más precisión y cierta coherencia todas estas indeterminaciones, ambigüedades y contradicciones en apariencia, sobre todo para evitar malentendidos.

Más allá de todo este lío provocado por la indeterminación conceptual del comentario, a caballo entre la interpretación y la opinión, suscribo sin peros que no basta con saber qué ha pasado, que la única manera de entender las noticias es saber “per què ha passat, establir clarament les causes i les circumstàncies, explorar la significació del fet, el seu abast”. Ahora bien, que esta explicación o interpretación o contextualización de la actualidad sea tarea propia de un comentario separado de la información y sobre todo del comentario editorial, esto ya me parece un dislate, porque empujaría la información a la miseria del listado de datos y a la amputación brutal del sentido. La información no puede ni debe renunciar a la interpretación y explicación de la actualidad, que es la aspiración básica de la crónica, por ejemplo; otra cosa es que la interpretación se manifieste explícita en el texto o se proponga de modo implícito mediante los recursos de contextualización de la información. Sobre esto, subrayemos que se puede interpretar por acción y también por omisión, que tanto interpreta quien interpreta como quien deja de interpretar.

Ya lo decía hace casi cincuenta años el entonces prestigioso columnista del Herald–Tribune Walter Lippmann[1], que el mundo es tan complicado y tan difícil de entender que “se ha vuelto necesario no sólo informar acerca de las noticias, sino explicarlas e interpretarlas.” Y más o menos igual pensaba su colega del New York Times Lester Markel, que incluso antes daba por hecho que “la interpretación es parte esencial de las columnas de noticias”. Markel explicaba que “la interpretación es un juicio objetivo basado en el conocimiento a fondo de una situación [competencia contextual, pues] y es también la valoración de un acontecimiento [o sea, contextualización] con lo que esto conlleva de juicio subjetivo”. Y para determinar sin ambigüedad el territorio que corresponde a la información, a la interpretación y a la opinión, exponía este curioso ejemplo: “Es noticia informar que el Kremlin está lanzando una ofensiva de paz. Es interpretación explicar por qué el Kremlin ha puesto ahora a las palomas a que se arrullen [¡Dios, qué traducción!]. Es opinión declarar que cualquier oferta de paz procedente del Kremlin debe ser rechazada sin mayor consideración”. (Citado por Fagoaga, 1982: 18)

No estoy muy de acuerdo con la frontera que Markel establece entre información e interpretación: hay tanta o más interpretación en la noticia que da como en la interpretación del porqué que propone. Más claro, es cierto que apuntar y explicar el porqué de las cosas es un ejercicio cardinal de interpretación, qué duda hay, pero no es menos ejercicio de interpretación atribuir un sentido contextual [valoración] a las noticias de actualidad. En el supuesto que propone Markel, informar que el Kremlin “está lanzando una ofensiva de paz” es un claro ejemplo de interpretación (implícita) que consiste en atribuir un sentido contextual a no sé qué que había hecho el gobierno de la URSS. Plenamente de acuerdo, en cambio, con la idea de que la interpretación, inevitable por otro lado, es indispensable en la labor informativa y elemento substancial de las noticias.

En definitiva, la voluntad de interpretar la información se proyecta en dos intenciones principales: por un lado, indagar y destapar un sentido de la noticias de actualidad que puede resultar opaco, o estar oculto, y esto presupone un ejercicio de interpretación contextual, a menudo sólo implícita; y por el otro, se trata de proponer un explicación verosímil, razonable, fundamentada, del porqué de las cosas, de sus causas, e incluso prever sus posibles consecuencias, empresa ésta última que casi siempre supone una labor de interpretación contextual explícita —contextual y textual, pues—, objetivo genuino de las crónicas de corresponsal. Más allá de los equívocos que pueda suscitar la maniquea clasificación de los géneros, la interpretación y la valoración contextual —implícitas siempre, y a veces también explícitas— gobiernan del principio al fin el oficio y la labor de periodista:

“L’interprétation domine et conditionne l’ensemble du processus journalistique. De fait, l’interprétation comme ordre spécifique, renvoyant aux formes diverses de commentaires, ne cesse de déborder sur les deux autres ordres. Il y a débordement dès la phase initiale de l’observation de la réalité et jusque dans la narration, par l’intervention dominante du langage. Cette ubiquité de l’interprétation offre l’avantage d’assurer la coherénce interne de l’ensemble du processus journalistique et de renvoyer à tout moment au journaliste comme sujet” (Cornu, 1994: 393).

En fin, si decidir qué es noticia y qué no lo es o lo es menos es una operación de interpretación y valoración contextual, si la idea misma de noticia no se puede entender sin esta clave contextual, ya que nada existe fuera del mundo, entonces parece obligado, indispensable, que el texto informativo restituya la condición o dimensión contextual de la noticia, porque si no la información será cuanto menos incompleta, deficiente, equívoca. En este sentido, afirmo: lo que pretenden preservar los ignorantes que de buena fe creen en la objetividad informativa o en cualquiera de sus sucedáneos, sólo se puede garantizar mediante una información de condición interpretativa, valorativa, y por lo tanto subjetiva: de un sujeto competente, claro está —competencia profesional: contextual y textual al mismo tiempo—, porque sin competencia profesional, la ética es una frivolidad o un contrasentido, dinamitada por la incapacidad intelectual del sujeto. Lo dicho: sin interpretación la información podrá ser todo lo pura que se quiera, pero sobre todo arrastrará una tremenda tara de origen, o peor aún, habrá sido desfigurada o mutilada a propósito. Claro que, a veces,

 

[1] En sus memorias, premio Pulitzer de 1998, la empresaria y editora del The Washington Post, Katharine Graham, comenta que cuando su marido, Phil Graham, le contrató en 1962 para publicar una columna en Newsweek y en Post, “a pesar de su avanzada edad, Lippmann seguía siendo el comentarista más importante, y su columna era constantemente citada y tenía gran influencia” (Graham, 1998: 252).

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